La semana pasada me surgió un plan distinto: retiro espiritual en La Vega -que no Las Vegas-, un pueblito cerca de Asturias muy pituco y lleno de adorable gente amiga. Y me dije, ¿por qué no? Así que ahí me planté, con mis tres maletas y mis neceseres. Me hubiera gustado aprender de ti y poder llevar cuatro mudas y dos camisetas metidas en una carpeta para pasar el fin de semana, pero es una asignatura pendiente.
Yo, que iba predispuesto a descansar y apagar la mente y que me rodeo de gente muy sana (¡¡¡mentira todo!!!) me topé de golpe con un minibar y ya sabes cómo acaban estas cosas... una ducha, plan renove y a disfrutar de la Fiesta del Orujo, que es una fiesta estupenda donde la gente bebe de todo menos orujo. De repente me encontré rodeado de gente de sexualidades dudosas. Bastante cuesta ya ligar como para encima tener que descifrar la sexualidad del entorno rural. Un poco confuso todo. No me cabía la piedra magenta en el bolso, una lástima.
Y rodeado de estas gentes que acosaban a mis acompañantes femeninas, que son muy putas y muy majas, por eso son mis amigas, me di cuenta de que las estadísticas son todo mentira. Dicen los estudios que una de cada diez personas es homosexual, como dicen hoy en día. Pero mentira todo. O puta mentira, que dice Falete. El único homosex que vi ya había pasado por caja y como en este blog no reciclamos, adiós muy buenas. A no ser que estuvieran todos escondidos en termas naturales o casas en las que la crisis ya ha provocado cortes de luz o también puede ser que mi invitación personal se extraviara en el camino, que todo puede ser posible. Basta ya. Que no nos engañen por favor, que hay algunos que todavía estamos a un trix de ingresar en un monasterio. Me planteo la vida clerical; no estaría mal estar todo el día de rodillas, bebiendo vino y repartiendo hostias, ¿no?
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